Lluvia. Escucharla caer desde mi ventana me hace sentir más pequeña, más frágil. Me da ganas de hacerlo todo y de no hacer nada, ganas de disfrutar pensando que el Sol nunca volverá a salir y ganas de resignarse porque nada cambiará para mejor. Mi pesimismo y yo vivimos en una lucha constante en la que siempre sale victorioso. Sólo aletargado por frescos instantes de locura. Momentos en los que no tengo que cuestionarme nada. Momentos en los que mi imaginación abre sus alas esperando que no se las corte, que la deje vagar por mi mente sin preocuparme de nada más... Pero, lamentablemente, todo tiene fin y, en la vida real, el pesimismo parece mucho más necesario que una fantástica imaginación y una soberana locura.
En ese momento se me ocurre una y no la hago esperar. Me visto con prisas y bajo las escaleras del piso a todo correr. Salgo a la calle y cierro la puerta con llave. Me sumerjo en la cortina de agua que desciende desde un cielo encapotado y grisáceo. Quería mojarme. Por eso ahora estoy caminando lentamente sin rumbo fijo, calada hasta los huesos, pensando en lo viva que te hace sentir un poco de agua... Sin duda alguna, eso es lo que necesitaba sentir en esos momentos. Dejo volar mi mente y divago por mis recuerdos. Esos recuerdos que, aún hoy, me hacen tanto daño. Aquellos que intento cerrar con candado y tirar la llave muy lejos, una y otra vez. Aquellos que me han convertido en una triste renegada. No puedo olvidarme de ti aunque me he obligado todos los días de estos últimos dos meses. El tiempo no servirá. No ahora que la felicidad estaba conmigo. No ahora que te has ido cuando nos quedaban tantos y tantos momentos por compartir. Estoy llorando desconsoladamente aunque da igual porque mis lágrimas se mezclan con las del cielo. Maravilloso clima siempre atento a mis estados de ánimo.
Sigo caminando entre pasos de peatones y semáforos. Rodeada de gente con prisas y con paraguas. Nadie se fija en mí y eso es precisamente lo que me fascina de las ciudades grandes. Te sientes insignificante... Nadie se percata de tu presencia ni te señala con el dedo. Esas falsedades quedaron atrás en el pueblo de mi infancia.
Sin darme cuenta acabo en la puerta de tu casa. Más jodidos recuerdos agolpan mi mente, estoy harta de que ni siquiera mi cabeza me deje olvidar... Recorro la fachada con la mirada y más recuerdos. Aunque éstos se produjeron en otra casa completamente distinta ya que ahora se encuentra bastante abandonada. Decido largarme de allí corriendo. Más y más gente, más coches, más bullicio... Nada se para porque mi mundo se haya roto. Nada. Sigo corriendo sin mirar atrás, chocándome con varias personas porque voy perdida en mí, como es normal últimamente. Me miran con cara de enfado, de pena, de incredulidad... No me importa y sigo corriendo.
Llego a casa, me doy una ducha de agua caliente y me cambio de ropa rápidamente. Cojo mi guitarra, tu guitarra, y empiezo a tocar nuestra maravillosa melodía. Aquella canción que compusiste para mí, aquella canción con la que me demostraste todo lo que yo te importaba. Sus notas me invaden. Disfruto de los instantes en los que estás aquí conmigo, como antes, evitando pensar que cuando la canción acabe volveré a sentirme sola. Por eso, todas las noches la toco hasta caer rendida de sueño, con nuestra guitarra entre los brazos, y la cara bañada en lágrimas. Hoy no será ninguna excepción, como tampoco lo será mañana, ni pasado...
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Fuera del olvido...