domingo, 4 de marzo de 2012


Charlotte estaba sentada frente a su máquina de escribir nuevamente. Todos los días, al ponerse el sol, se acomodaba en su sillón rojo e intentaba contarle algo al papel reciclado. Siempre obtenía la misma respuesta: gran cantidad de bolas de papel arrugadas decorando su escritorio. A lo que se sumaba, la terrible frustración de otro día perdido. Desde hacía un año, repetía el mismo ritual esperando que algún días las palabras cobraran vida propia y crearan una combinación única, como solía ocurrir antaño. Tenía una lista de todas las cosas que hizo el último día que la acompañó la inspiración e intentaba entender cuál había sido su error. Buscaba el momento en el que las musas la dejaron abandonada a su suerte. Aquella noche, durante un sueño, comprendió que sus historias no deberían ser creadas para salir a la luz sino para curarle el alma, como lo habían hecho siempre. 

Al atardecer del día siguiente, con los últimos rayos de sol incidiendo sobre su pelo, confesó a las palabras lo mucho que las había echado de menos.      

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Fuera del olvido...